
El momento era idóneo para los dos, el silencio de la habitación retumbaba en ecos en el borde de nuestros oídos, las luz tenue dejaba ver su rostro de extraño, su piel brillaba por el sudor.
Sus ojos se volvieron pequeños, la sonrisa que se dibujaba en su boca era diferente a la que siempre había visto, la respiración alterada del deseo se escuchaba por los bordes de la cama, mis manos frías lograron tocarle.
Mis pupilas bailaban al son de sus manos, su voz, como quien reza a una virgen para que le conceda un deseo, se colaba por mi cuello… Mi corazón se aceleraba sin piedad, mis ansias se hacían mayores y mi boca en su silencio pedía a gritos que diera el siguiente paso.
El calor se comenzó a sentir, mi rostro destilaba gotas de desesperación, sus manos se colaban por mis caderas y mis ojos se cerraban pidiendo al cielo que aquella se sensación no se escapara, su aroma llenaba los segundos, la respiración se coordinaba, se hacia una y entonces...
Los sonidos se sintieron en el cuarto, al fin conversábamos con gemidos… las palabras sobraban en ese instante, la comunicación no nos servía de nada.
El pensamiento se escapó y emprendimos vuelo.
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